Vendedor…y a mucha honra.

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Vender probablemente sea de los oficios más bonitos que existen. Estamos permanentemente vendiendo: ideas, proyectos, sueños, productos, servicios…, nuestro día a día es una venta constante, que efectuamos inconscientemente la mayoría de las veces.

Y sin embargo, los que hacemos de la venta nuestra profesión, nos obstinamos en esconder la palabra “vendedor” en nuestros currículos, LinkedIn’s y tarjetas de empresa como si nos avergonzáramos de ella. Resulta curioso que los que más orgullosos deberíamos estar seamos los que tratamos de ocultarla tras denominaciones como “consultor comercial”, “asesor”, “desarrollo de negocio” y un largo etcétera de creativas soluciones.

 

Cuando en nuestros programas formativos de habilidades comerciales dedicamos un ratito a describir “qué hace un vendedor” obtenemos expresiones como “comunicar”, “relacionarse”, “enamorar”, “seducir”, “convencer”, “interesarse”,… ¿A quién no le gustaría dedicarse a una profesión que incluye estas actividades en su “job description”?

 

Claro que también es cierto que en ocasiones nos aparecen otras como: “manipular”, “engañar”, “dorar la píldora” o “vender humo”. Incluso a veces hemos visto a personas que reconocen que “odian” vender porque consideran que están forzando al cliente a comprar o consumir algo que en realidad no necesitan. O que asocian la venta con una actitud agresiva. Aquellos que aportan esta visión más negativa del concepto “venta” (pero que no les queda más remedio que vender), prefieren limitarse a exponer sus argumentos, dejarlos encima de la mesa, y traspasar al cliente la decisión de comprar o no, bajo el pretexto de que así no están forzando la situación. “Prefiero no vender, pero dormir tranquilo por las noches”, he llegado a escuchar. Lo juro. Como si haber cerrado una venta perturbara el descanso.

 

Todos hemos experimentado en nuestras carnes los excesos de los “malos” vendedores. A todos han tratado de convencernos por las bravas de la conveniencia (o mejor, de la necesidad imperiosa) de comprar tal o cual producto o servicio. Y hemos tenido que quitarnos de encima al mal vendedor. Y claro está, no queremos que los demás nos vean así cuando nos toca vender a nosotros. Debe ser eso. Y por tanto nos quitamos el título de Vendedor, porque está viciado.

Supongo que esto debe ocurrir en todos los gremios: habrá malos abogados, malos ferreteros, malos profesores,… Pero no soy consciente de ninguno de ellos que haya acabado por renegar de su denominación de manera tan generalizada como los Vendedores.

Cerrar una venta debe ser algo parecido a ganar un juicio, a dar el alta a un enfermo, a ganar un partido… es la culminación de un trabajo largo, arduo y bien hecho. Con la ventaja de que los comerciales establecemos relaciones interpersonales con los clientes, que no acaban con el cierre de una venta. Se cierra una venta y se abre una potencial relación a largo plazo con un cliente. Qué maravilla… La vida está compuesta a base de relaciones. Y las ventas también.

Propongo un reto: escojamos un día de esta semana y al final del mismo hagamos recuento de todas las “ventas” que hemos hecho durante el mismo (hayan salido bien o mal). Nos saldrán bastantes. Y anotemos mentalmente qué cualidades hemos tenido que poner en juego para hacerlas (preparación, argumentación, comunicación, rebatir objeciones, etcétera). Normalmente serán cualidades que nos gusta reconocer en nosotros mismos. Y es que vender dignifica.

Todos somos Vendedores…Y a mucha honra.